lunes, 14 de marzo de 2016

La cornisa del piso 23

Te has estrellado contra mi pecho
justo cuando me sangraban todas las costillas,
y en vez de irme a pique
el golpe me ha restaurado como si fuera una pieza de arte
a la que nunca han permitido ver la luz.

Tocada y nunca más hundida.

He pasado de los sótanos a las alturas,
a los saltos sin paracaídas,
al cielo
aun cunado sabemos que yo voy de cabeza al infierno
por haber sido estúpida tantas veces.

Y cierras los ojos,
y no importa que no haya parado de tropezarme con la misma piedra
una
y otra
y otra vez.
Pero ninguna más.

Voy a llevarte a la cornisa del piso veintitrés,
al edificio más en ruinas de esta ciudad
que tantas veces ha intentado que me marchara
pero que nunca lo ha conseguido.

Voy a llevarte al único sitio en el que he podido gritar,
a una Roma del XX,
a mi tesoro mejor escondido.
Mío, solo mío.
Y ya no, 
porque nuestro, solo nuestro.

Porque necesito decirte a gritos
y no con la boca pequeña.
Porque puedo ver el mundo entero desde tus hombros
que soportan tanto sin romperse.
Porque me das miedo,
y lo sabes.
Porque eres una bala ralentizada
caminando por mis venas.

Por todo lo que hay detrás.
Por todo lo que hubo antes.

Y raptarte, sin que lo sepa tu madre,
justo en la cornisa
del piso 23.


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