lunes, 28 de julio de 2014

Enfermedad

Hay una vieja apostillada en el mugriento sillón del salón de mi mente. Tiene la mirada perdida, cansada, y una tela apolillada le impone el gris a unos ojos que parecen susurrar una belleza antaño perdida. Su piel, cubierta de arrugas, tiene más desconchones que las cuatro paredes que la refugian.

Y grita.

Grita “enfermedad” tan fuerte que el estruendo atraviesa el vacío y reverbera tratando de pararme el corazón. Partirlo, quizá.

Es una vieja, y una vieja conocida. Sabe que la observo, nunca he conseguido esconderme de su presencia. Vuelve su canosa cabeza en mi dirección y me mira inquisitiva.

Y yo avanzo. El pie choca contra el frío terrazo que cubre el suelo, y al oírme precipitarme de nuevo al abismo de sus brazos, sonríe. Veo sus cuatro dientes, los que le quedan después de tanto morderme, desgarrarme. Después de tratar matarme.

       -  Me has traído de vuelta. – dice. Y reconozco claramente el reto en su voz.

Continúo caminando en su dirección, y el frío escalofrío que precede al miedo me abandona para hacerle un hueco al vacío más absoluto. La nada avanza con pies de plomo y suplico que me engulla.

            -   Me he perdido. De nuevo. – respondo. Sabe de qué hablo.

Mientas prosigo mi marcha hacia ella, se me rompe el aire. Oculto lo mejor que puedo mi asfixia, pero me escucha boquear, y ríe.


     -   Apuesto a que pensabas que no había nada más peligroso para unos pulmones que el humo del tabaco, ¿no es cierto? Y ahora no eres capaz de encontrar el oxígeno. Tú, siempre tan sana. Aunque ¿qué puedo decirte? Cada uno decide de qué matarse, y he de reconocer que eres una de las suicidas más masoquistas que he visto. 

        - No quiero morir. – respondo.

La mirada se le entristece, y cada vez parecen pesarle más sus años y mis daños. Jodida vieja.

         - ¿Qué te has hecho, pequeña? Pensé que esta vez serías capaz de apartarme para siempre de tu vida.  
     -Yo… 
     - ¿Qué te has hecho? – repite, esta vez en un susurro.

Quiero responder. Esta vez, merece una explicación. Merece saber que la misma luz que la alejó de mi vida es la que la ha traído de vuelta. Se apaga, y solo hay negro.

Salgo de mi ensimismamiento, a la vez que observo mi imagen en el espejo. Y la veo a ella, tan nítidamente que me asfixia.


                    -  María… - me llamo, y acaricio mi reflejo.

Pero ya no hay negro.

Solo rojo.

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