sábado, 10 de mayo de 2014

Y las memorias no se borran. Lo lamento.

Juro que sigo intentando perdonarte.
Juro que me odio por no ser capaz de dejar estos retazos de vida de lado.
Confieso que hace tiempo que no encuentro ni rastro de la buena persona que se supone que era.
Confieso que me hice fuerte, y descubrí que, de cualquier forma, era débil.
Juro que traté de cambiar, y hacerme distinta.
Juro que quise ser interesante.
Para así dedicar mi tiempo a descubrir quién era, y no por qué no se borra lo que hiciste.
Lo juro.
Pero las memorias no se borran. Lo lamento.


    
Recuerdo el calor agobiante y abrasador de julio, la oscuridad del salón dándonos cobijo a mi madre y a mí, el corazón intranquilo y el cuerpo agarrotado después de aquella semana en el Camino de Santiago.

    Recuerdo escuchar a mi abuelo gritar desde la cocina, palabras ininteligibles pronunciadas tan agónicamente que congelaban la sangre.

    Recuerdo haberme precipitado hacia el lugar de procedencia de las voces, el frío de los baldosines rojos, el sonido acartonado de la puerta al abrirse y mostrar la escena que escondía, reina de mis pesadillas.

    Recuerdo el brillo letal de aquel cuchillo, su rostro contraído de dolor, la locura reflejada en el brillo febril de sus ojos. Recuerdo el terror naciéndome en la base de la columna vertebral y doblándome.

    Recuerdo el golpe seco, el sonido de mis rodillas al tocar el suelo, el rastro húmedo que dejaban mis lágrimas rodando mejilla abajo. El llanto. Recuerdo tan bien esa súplica, y mi madre irrumpiendo en la cocina, y el forcejeo, y los gritos, y ella arrebatándola el arma.

    Recuerdo que salí corriendo cuando pareció que estaba a salvo, a salvo de mí. Descalza. Las piedras me herían la piel de las plantas. Recuerdo llegar a aquella casa abandonada, y caer entre los escombros. Y mirar mi pijama, ese que he sido incapaz de volver a ponerme porque me hace arder las terminaciones nerviosas.

    Me recuerdo allí, sola, llorando, mirándome los pies. Aprendiendo que la vida no se controla, que se escapa entre los dedos, se escapa por algo tan estúpido como un filo persiguiendo el recuerdo de una discusión.
Recuerdo cómo, tras varios minutos, me obligué a calmarme. Cómo caminé de vuelta a aquello que había pasado de casa a casa del terror en unas décimas de segundo. Recuerdo secarme las lágrimas, atravesar la verja chirriante del jardín y rezar a ese Dios que todavía me escuchaba que no me oyeran llegar.

    Y, después, pero, sobre todo, la recuerdo chillando, peleando con todos ellos por venir a abrazarme. La recuerdo pidiéndome perdón, y después acusándome a mí de haberla conducido a hacer todo aquello. La recuerdo echándome en cara que ayudaba a todo el mundo, excepto a ella. La recuerdo en la locura. Y me recuerdo incapaz de olvidarlo. Me recuerdo erigiendo aquel muro, perdiendo la inocencia, mirando a la enfermedad y a la muerte a la cara.

Han pasado diez meses. Y sigo recordando. Lo siento, tía, pero sigo recordando.

3 comentarios:

  1. Wow, escalofríante.
    Siempre he pensado que los sucesos traumáticos son los más inspiradores. Mejor si es solo una invención, si es así lo has descrito como si hubiese sido real. Y si lo ha sido, te digo por experiencia propia que no, las memorias no se borran, pero algún día aprendes a vivir con ellas, las arrinconas en una parte de ti y sigues adelante. La última frase me ha parecido que brotaba de mis venas a tus dedos y de tus dedos a mi mente (a qué nivel de identificación he llegado!)
    Me ha gustado mucho también el poema de arriba :)

    ResponderEliminar
  2. Pues muchas gracias, se puede decir lo mismo de ti :)
    Mi blog principal es este: http://scorchingthebloodinmyvampireheart.blogspot.com.es/
    El otro es solo un proyecto pero de momento no nos hemos puesto enserio, si quieres pasarte por el otro te espero encantada ;)
    Besos!!!

    ResponderEliminar
  3. Jo, Patito, qué ilusión volver a leerte. Ya tardabas jiji También de que haber leído eso del Camino. Justo de donde soy :)
    Las memorias no se borran, mejor aún, nos identifican, nos hacen ser quienes somos, o algo así, ¿no?
    Bueno, ya sobre el texto... como que me abstengo de decir nada. Me ha angustiado un poco (bastante, la verdad). Recuerdos, dolor, lágrimas, gritos. Parece que a veces las situaciones y circunstancias se precipitan y joden a uno. Y te cabreas contigo y a lo mejor la culpa es tuya; y te cabreas contigo y a lo mejor la culpa es del mundo. Quién sabe, qué más da, si lo único que importa es que esas memorias están ahí, haciéndote sangrar, y da igual de quién sea la culpa.
    Exista o no Dios, alguien escuchará. Y con el tiempo, esos recuerdos cicatrizarán. Seguirán ahí, escondidos, pero sin hemorragia.
    Besitos :)

    Miss Carrousel

    ResponderEliminar