domingo, 23 de marzo de 2014

Era arte

Me gustaba mirarlo. No porque fuera hermoso, sino porque era arte. 


Paseaba las calles de esa abominable ciudad, la misma que los dos odiábamos, sin darse si quiera cuenta de que el asfalto que pisaba dejaba de ser pestilente. Caminaba, y yo trataba de descifrar a quién me recordaba con cada zancada. ¿Por qué me resultaba tan familiar? 
Cavilaba, y le daba vueltas, y me quedaba enredada en un único hilo de pensamiento eterno. Y me fijaba en sus rasgos, y trataba de encontrarle una respuesta a todo aquello.

A las ocho de la tarde me recordó brevemente a un incendio. Lo ví, y lo creí con capacidad de arrasarlo todo a su paso. Lo ví, y me encontré hecha de cenizas caídas del cigarro que llevaba entre los labios. Y qué poco me importaba terminar calcinada en su regazo. 

Pero luego fueron las doce, y dejó de parecerme fuego para ser un manantial (creo que creado por mis propias lágrimas). Y a mí, que siempre me aterrorizó morir ahogada, se me desvelaron las defensas y solo quería nadar hasta la orilla, y huir a un lugar seco.

Hacia las tres de la madrugada, lo comparé con el invierno. Porque tanto frío me obligaba a protegerme, a taparme, a cerrarme. Porque amenazaba con hacerme enfermar -puede que de amor, pero de cualquier forma, ¡qué trancazo me esperaba!-.

Allá por las cinco de la mañana, cuando el sol deja su cuna y se levanta para dar calor, entendí que sus pisadas solo podían parecerse a las del amanecer -que da caza a los monstruos de la noche y llena de luz las arterias de las grandes moles urbanas-.
Y era exactamente así. Me llenaba de aire los pulmones, y lo hacía llegar hasta el corazón, de una forma tan gentil y tan delicada que parecía ser capaz de ponerlo en marcha después de meses con telarañas en sus engranajes. (Aunque no os confundáis, también me lo paraba a menudo, y entonces ¡Ay de mí! Ahí me quedaba congelada).

Y desperté de aquel sueño extraño -debía de ser la una, por eso de que son las trece-. Y, bueno, te vi matando dragones, haciéndolos desaparecer. Te vi besando mis brazos, te vi pidiéndome auxilio. Te vi fuego arrasándome, te vi corriente ahogándome en dulzura. Te noté invierno, con las manos frías, y sobre todo vi que me amanecías, borbotéandome la sangre, queriéndome hasta el infinito. 

Eres tantas cosas... déjame memorizarlas, ojos bonitos.








2 comentarios:

  1. "Eres tantas cosas... déjame memorizarlas, ojos bonitos." Jo, me ha encantado. Qué dulce y qué violento al mismo tiempo.
    Besos <3

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  2. Leí esta entrada anoche. Y han pasado 19 horas más o menos y sigo tocada.
    Creo firmemente en esas miradas, y me fascina que hayas sabido captar esa esencia tan única.

    Lutz.

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