miércoles, 2 de octubre de 2013

Ni siquiera a ti

A nadie le importa cómo sucedieron las cosas. Cómo yo, pobre ingenua, ya rota y masacrada, olvidé quién era para convertirme en todo lo que tú deseabas y nunca habías podido tener.

A nadie le importa el tiempo que pasamos juntos, o las cosas de las que hablamos. A nadie le importa lo que sentí. Tristemente a nadie, ni siquiera a ti.

Y entonces, aun cuando nadie se preocupaba por los vacíos que se cosían en mi interior y las nuevas heridas que se abrían, yo dejé de llorar por mí y empecé a llorar por ti. Buen cambio, supongo. Solo que mis ojos acabaron empañados por el olor de esa colonia barata que ni siquiera te compré yo. Acabaron empañados de recuerdos que ni siquiera vivimos, de sonrisas tras una pantalla, de sollozos ahogados por una almohada y de deseos muertos en la madrugada de un sábado otoñal.

Es cierto: no me dueles ni la mitad de lo que yo me duelo. No me hieres ni una cuarta parte de lo que yo soy capaz de herirme, de odiarme, o de desear desaparecer. Así que sé que puedo contigo, que puedo con esto.

Empezamos en la cumbre, y descendimos en picado. Subimos, bajamos, como en una especie de baile que ninguno conocía. Baile de tropiezos y pisotones. Baile de risas y lágrimas. Baile de tensión. Baile de dolor y de adicción. Sabes de qué te hablo ¿verdad? Aunque puede que a nadie le importe, ni siquiera a ti.
Así que hoy, me dejo caer desde arriba. Me dejo morir, a sabiendas de que nadie me rescatará cuando mi ya magullado cuerpo choque contra el asfalto y salten por los aires los pocos sentimientos que aún guardaba.
Quizás a alguien le importe, pero desde luego, no es a ti.


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