miércoles, 16 de enero de 2019

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"Se me olvida que no me quieres, sobre todo cuando es viernes".

Dios mío, siempre he sido tan terriblemente despistada los viernes. Pero tampoco sé qué te digo, si lo sabes perfectamente.
No puedo explicarte bien lo mucho que me he dejado de lado desde que te has ido. Estoy escribiendo por primera vez en tanto tiempo, en tantos meses. En tantos años, diría. ¿Qué me pasa? ¿Dónde estoy? Me da todo completamente igual. Tanto tiempo sin ser capaz de escribir una línea por miedo a que fuera una porquería, y al final esto es peor, porque es una puta mierda, pero encima estoy llorando.
No sé hablar. No sé qué decirte. ¿Qué te pasa? ¿Dónde estás? Estoy tan terriblemente desorientada que me cuesta decidir en qué momento me abandonaste del todo. ¿Qué día es hoy? ¿En qué año estamos? Dios mío, ¿dónde estás?
A veces te juro que pienso que aún me quieres. ¿Cuándo me vas a abandonar del todo? Se me olvida, joder, ¿por qué se me olvida?
Nada de esto tiene sentido. A veces sigo esperando tu llamada, sigo esperando que sepas con quién hablas, quién es la persona que está al otro lado del teléfono, pero ¿cómo vas a saberlo si yo no lo sé? Hacía tanto tiempo que no me sentía tan yo...
No sé lo que estoy diciendo. No veo una mierda con las lágrimas, y de lo que más me enorgullezco es de que estoy usando cuatro dedos para escribir en el teclado del ordenador. De vez en cuando presiono la tecla del espacio con el pulgar para que parezca que tengo la más mínima idea de mecanografía, pero la verdad es que no sé una puta mierda sobre nada.
Tú tampoco. Ambos sabemos que nunca has tenido demasiados conocimientos, pero te sabes vender muy bien. Tan bien que ahora mismo tengo un vacío enorme en el pecho, y sigo sin tener muy claro quién de los dos terminó por ganar la guerra. Supongo que tú, porque siempre tenías la puta razón, aunque no la tuvieras.
¿Cómo te puedo echar tanto de menos? ¿Cómo he podido aprender a vivir echándote tanto de menos? No me acuerdo de tu voz. Dios mío, no me acuerdo de tu puta voz. Pero de tu risa sí. Tu ex se ríe exactamente igual que tú, por algún motivo que desconozco, así que cada vez que digo una estupidez delante de él, te tengo delante de mí.
No sabía todo lo que te echaba de menos. Me la suda tanto todo. Tanto. Siempre he querido lo que no podía tener, y debería ser la mujer más feliz del mundo en estos momentos porque lo tengo todo, pero tú no estás por ahí, y me estoy cansando de las luchas, de que me apartes de todas partes, de que selecciones las porciones que puedo ver de tu vida.
Siento el rumor de tu barba entre mis dedos. Al menos eso lo recuerdo. Al menos eso lo recuerdo. Al menos eso lo recuerdo.
¿Leerás esta mierda? ¿Seré capaz de publicarla? Seguro que sí, qué más da. Me siento tan desprendida. Vendida por partes. Separada de mi mitad. Había una conexión tan profunda entre nosotros que aún no entiendo qué cojones ha pasado. Sigo colgando del hilo que me conecta a ti. Y mañana, de día, sin pesadillas, sin fantasmas, volveré a olvidarme. Volveré a pensar que quizá me quieres, que estás de vacaciones, que esto solo es un descanso.
La vida me dice de alguna manera que me esperas a la vuelta de la esquina. ¿Cómo podría ser de otra forma? Todo lo que soy, todo lo que tengo, se construyó a tu alrededor. No hay nadie en mi vida que me sostenga por las noches que no te pertenezca.
¿Usarás esto como arma contra mí, como has usado todo lo que te he contado? Me da igual, joder. Soy una bola de sentimientos y no hay ninguno negativo en ninguna parte. Y a veces te odio, pero cuando te veo en fotos solo quiero poder contarte que mi vida es una puta mierda, que comparto casa con un yonki, que estoy terriblemente enamorada de dos personas y que me quiero teñir el pelo de rubio.
¿Me has sustituido? Ojalá, de verdad, haya alguien que te cuide como yo lo hacía. Ojalá. Ojalá.

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miércoles, 13 de diciembre de 2017

Cinco minutos más

Fueron los peores días de mi vida.
Tú te desvanecías
igual que un sueño maravilloso
que solo recuerdas
tres
segundos
después de despertar.
Y luego nada, nunca más.

Fueron los peores días de mi vida,
aspirando tu olor
como una cocainómana incurable,
luchando por mantenerlo en la memoria
siempre
para luego,
por si acaso.
Aspirando a que te quedases un rato más.
Sólo un rato más.
Cinco minutos más.

Fueron los peores días de mi vida,
mirando los gestos de tus manos
como una funambulista con miedo a las alturas,
mirando tus gestos de niño,
mirando tus ojos de niño,
tu mirada limpia.

Fueron las peores noches de mi vida.
Noches eternas
de súplicas,
sin dormir,
sin sueños más allá de ti,
de mí,
de nosotros juntos.

Estabas.
Fueron los mejores días de mi vida.
Solo cinco minutos más,
dame cinco minutos más.
Por favor.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Quizá es que me he cansado
de reventarme los dientes en tu pecho
cada vez que intento morderte más dentro,
más,
más dentro de lo que nadie ha querido jamás.

O quizá es que me duele pensar
que soy una gata que se afila las uñas en la cara
por si tiene que anteponerte a todo.
Y que mientras yo saco las garras
tú me deshojas como harías con cualquier margarita,
preguntándome si te quiero,
matándome porque te quiero.

No pretendo que entiendas 
que has convertido las aeropuertos en saludo y despedida,
y que desde entonces
mi miocardio es una pista de aterrizaje
que solo te reconoce a ti.

Y tampoco quiero que sepas
que soy una renacida de mí misma,
de tus huesos,
que eres el pecado más original que podía cometer,
y quizá por eso, el más esperado.

Que pides paz, y buscas guerra,
que tu sexo contra mi lengua es bandera blanca,
que mi vida contra la tuya es una hoguera.
Y que estamos las dos a punto de arder.

sábado, 7 de enero de 2017

Nueva York

Me sorprende
que después de toda la mierda que me habéis echado encima
aún tenga el coraje de llamarme casa
y no Diógenes.

He vuelto a llorar
cada vez que bebo más de la cuenta,
me he perdido por el camino,
me he luchado sin escudo,
sin espada,
solo con las uñas de una gata salvaje que no tiene donde caerse muerta.

Ya no bailo por los tejados,
ya no aprendo a perdonarme,
y ya no pido explicaciones
porque,
amigas,
nadie ha hecho eso por mí.

Mi madre lleva toda la vida
exigiendo que limpie mi habitación
y no he entendido hasta ahora
que lo que sobraba y ensuciaba
eráis vosotras.

Un año
de no escribir porque ya no sé,
porque ya no valgo.
Un año
de estudiar poco y mal porque ya no sé,
porque ya no valgo.
Un año
de perder compañía y amor
porque ya no sé,
porque ya no valgo.
Y todo por mi culpa,
por mi culpa,
por mi gran culpa.

Tuvisteis la indecencia
de decirme que la luz se me había apagado,
y yo me creí a pies juntillas todo lo que decíais porque
ni siquiera sabía verme.
Pero de todas las cenizas
renace una puta dispuesta a encarar la vida,
y todos los incendios
preparan bien el suelo para que algún día
la selva crezca en sus entrañas.

Y sí, soy el puto apagón de Nueva York,
y todos los bebés que como yo,
(re) nacieron
nueve meses después.

No me esperéis despiertas:
nadie quiere volver a un lugar
como vosotras.


Os parecerá extraño, pero no puedo creerme lo que acabo de hacer. Llevo prácticamente un año sin ser capaz de escribir nada, sin ni siquiera intentarlo. Sé que no había demasiada gente que se pasara por aquí, pero a los que me leíais de forma habitual, lamento haberos dejado tan olvidados. Sois especiales, no lo olvidéis.

domingo, 27 de marzo de 2016

Taquicardias

Tengo cuarenta y dos taquicardias en el alma,
-una por cada día que he sabido
que eras la opción acertada,
incluso corriendo en sentido opuesto-.

Taquicardias de pechos descubiertos,
de morderte las caderas,
de una luz que se enciende en el pasillo
y una escapada hasta las seis de la mañana
(a la vez que me dices que no entiendes
quién pudo dejarme marchar).

Cuarenta y dos taquicardias de saber que no soy la tonta que espera
si no la estúpida a la que tienen que esperar.
Taquicardias con el cuerpo lleno de moratones,
de hacer daño donde puedes
y curar el dolor de todas las despedidas anteriores.

Taquicardias de que hagas de mis sueños tus deseos,
de no tener miedo a la ausencia,
de saltos mudos al vacío.

Una por cada vez que no has sabido expresarlo
y me has puesto la mano en el pecho para medirlas.
Pam,
pam,
pam.
Un disparo que no he visto venir.

Taquicardias aún del día en que escuché el sonido del cambio
al compás de un "gracias"
que no es a mí, sino a tu vida.
Taquicardias, a veces, tan inmerecidas.
De abstinencia de lágrimas, ebria de todo lo demás.

Taquicardias de enseñarme a bailar
en el sitio en el que más veces me he odiado
sola,
sola,
triste,
sola,
tan poco mía,
tan sola,
con un verano como cera fundida sobre la frente.

Pero sobre todo,
tengo taquicardias a pleno pulmón
-respirando-,
a corazón abierto
y entero
-y no partido-.


Taquicardias de quererme,
más y mejor
contigo.

lunes, 14 de marzo de 2016

La cornisa del piso 23

Te has estrellado contra mi pecho
justo cuando me sangraban todas las costillas,
y en vez de irme a pique
el golpe me ha restaurado como si fuera una pieza de arte
a la que nunca han permitido ver la luz.

Tocada y nunca más hundida.

He pasado de los sótanos a las alturas,
a los saltos sin paracaídas,
al cielo
aun cunado sabemos que yo voy de cabeza al infierno
por haber sido estúpida tantas veces.

Y cierras los ojos,
y no importa que no haya parado de tropezarme con la misma piedra
una
y otra
y otra vez.
Pero ninguna más.

Voy a llevarte a la cornisa del piso veintitrés,
al edificio más en ruinas de esta ciudad
que tantas veces ha intentado que me marchara
pero que nunca lo ha conseguido.

Voy a llevarte al único sitio en el que he podido gritar,
a una Roma del XX,
a mi tesoro mejor escondido.
Mío, solo mío.
Y ya no, 
porque nuestro, solo nuestro.

Porque necesito decirte a gritos
y no con la boca pequeña.
Porque puedo ver el mundo entero desde tus hombros
que soportan tanto sin romperse.
Porque me das miedo,
y lo sabes.
Porque eres una bala ralentizada
caminando por mis venas.

Por todo lo que hay detrás.
Por todo lo que hubo antes.

Y raptarte, sin que lo sepa tu madre,
justo en la cornisa
del piso 23.


jueves, 21 de enero de 2016

Feliz cumpleaños

No vas a leerme, porque me he ido de todas partes, y nadie sabe donde me escondo. Ni tampoco es necesario. 

Pongamos que no es tu cumpleaños, 
o que lo es y no me acuerdo. 
O que lo es, y no me sale del coño felicitarte. 

Pongamos menos tierra de por medio, por favor.

Esto no tiene una puta mierda de poema. Ni quiero que lo sea. 
Ya te he escrito bastantes, ya te los has llevado todos, y era lo mejor que yo tenía (que a ti nunca te tuve, y eso lo saben hasta en Corea del Norte). 

Esto es una carta enviada, pero a un sitio donde nunca vas a poder encontrarla. Esto es un texto de mierda para que te acuerdes de que me acuerdo de que ya se te ha ido hasta la edad en la que te viví.

No sé cómo puede pasar tan deprisa el tiempo,
y yo sangrar tan despacio.
Te juro que hoy, donando sangre, me ha tocado tirarme más rato del normal. Y a ti te la suda, pero no sabes cuánto echo de menos contarte mis movidas.

Y todo esto viene a que haces 19 años, y me siento pequeña, y débil, y nunca se me pasan las ganas de que vuelvas a tus 17, a conocerme. A intentar reconocernos. Y así, las cosas quizá vayan mejor.

Solo tuve tiempo de ser el deseo que soplabas en las velas
una puta vez,
y no me cumplí porque soy subnormal.
Y ahora te echo de menos todos los días, pero he vuelto a ser feliz. No tienes ni idea de cómo de fuerte espero que lo seas tú también, que no me odies, que guardes más esperanza de que algún día podamos mirarnos a la cara que rencor por todo el daño que nos hemos hecho.

Quiero dejar aquí escrito esto, con su fecha y su hora. Con ese "me acuerdo de ti siempre". 
Quiero dejar aquí que nunca he querido a nadie como a ti. Y que lo sepan todos, aunque no tengan ni puta idea de quién cojones somos. Lo siento, cielo. Lo siento.

Te dije que me había tatuado tu forma de quererme dentro, y te reías. Pero no. Hay una parte de mí que siempre va a llevar tu nombre, y por eso nunca voy a dejar de quererte, aunque al fin me permita querer a alguien más.

Felices 19. Por favor, amor, felices.