miércoles, 2 de agosto de 2017

Quizá es que me he cansado
de reventarme los dientes en tu pecho
cada vez que intento morderte más dentro,
más,
más dentro de lo que nadie ha querido jamás.

O quizá es que me duele pensar
que soy una gata que se afila las uñas en la cara
por si tiene que anteponerte a todo.
Y que mientras yo saco las garras
tú me deshojas como harías con cualquier margarita,
preguntándome si te quiero,
matándome porque te quiero.

No pretendo que entiendas 
que has convertido las aeropuertos en saludo y despedida,
y que desde entonces
mi miocardio es una pista de aterrizaje
que solo te reconoce a ti.

Y tampoco quiero que sepas
que soy una renacida de mí misma,
de tus huesos,
que eres el pecado más original que podía cometer,
y quizá por eso, el más esperado.

Que pides paz, y buscas guerra,
que tu sexo contra mi lengua es bandera blanca,
que mi vida contra la tuya es una hoguera.
Y que estamos las dos a punto de arder.

sábado, 7 de enero de 2017

Nueva York

Me sorprende
que después de toda la mierda que me habéis echado encima
aún tenga el coraje de llamarme casa
y no Diógenes.

He vuelto a llorar
cada vez que bebo más de la cuenta,
me he perdido por el camino,
me he luchado sin escudo,
sin espada,
solo con las uñas de una gata salvaje que no tiene donde caerse muerta.

Ya no bailo por los tejados,
ya no aprendo a perdonarme,
y ya no pido explicaciones
porque,
amigas,
nadie ha hecho eso por mí.

Mi madre lleva toda la vida
exigiendo que limpie mi habitación
y no he entendido hasta ahora
que lo que sobraba y ensuciaba
eráis vosotras.

Un año
de no escribir porque ya no sé,
porque ya no valgo.
Un año
de estudiar poco y mal porque ya no sé,
porque ya no valgo.
Un año
de perder compañía y amor
porque ya no sé,
porque ya no valgo.
Y todo por mi culpa,
por mi culpa,
por mi gran culpa.

Tuvisteis la indecencia
de decirme que la luz se me había apagado,
y yo me creí a pies juntillas todo lo que decíais porque
ni siquiera sabía verme.
Pero de todas las cenizas
renace una puta dispuesta a encarar la vida,
y todos los incendios
preparan bien el suelo para que algún día
la selva crezca en sus entrañas.

Y sí, soy el puto apagón de Nueva York,
y todos los bebés que como yo,
(re) nacieron
nueve meses después.

No me esperéis despiertas:
nadie quiere volver a un lugar
como vosotras.


Os parecerá extraño, pero no puedo creerme lo que acabo de hacer. Llevo prácticamente un año sin ser capaz de escribir nada, sin ni siquiera intentarlo. Sé que no había demasiada gente que se pasara por aquí, pero a los que me leíais de forma habitual, lamento haberos dejado tan olvidados. Sois especiales, no lo olvidéis.

domingo, 27 de marzo de 2016

Taquicardias

Tengo cuarenta y dos taquicardias en el alma,
-una por cada día que he sabido
que eras la opción acertada,
incluso corriendo en sentido opuesto-.

Taquicardias de pechos descubiertos,
de morderte las caderas,
de una luz que se enciende en el pasillo
y una escapada hasta las seis de la mañana
(a la vez que me dices que no entiendes
quién pudo dejarme marchar).

Cuarenta y dos taquicardias de saber que no soy la tonta que espera
si no la estúpida a la que tienen que esperar.
Taquicardias con el cuerpo lleno de moratones,
de hacer daño donde puedes
y curar el dolor de todas las despedidas anteriores.

Taquicardias de que hagas de mis sueños tus deseos,
de no tener miedo a la ausencia,
de saltos mudos al vacío.

Una por cada vez que no has sabido expresarlo
y me has puesto la mano en el pecho para medirlas.
Pam,
pam,
pam.
Un disparo que no he visto venir.

Taquicardias aún del día en que escuché el sonido del cambio
al compás de un "gracias"
que no es a mí, sino a tu vida.
Taquicardias, a veces, tan inmerecidas.
De abstinencia de lágrimas, ebria de todo lo demás.

Taquicardias de enseñarme a bailar
en el sitio en el que más veces me he odiado
sola,
sola,
triste,
sola,
tan poco mía,
tan sola,
con un verano como cera fundida sobre la frente.

Pero sobre todo,
tengo taquicardias a pleno pulmón
-respirando-,
a corazón abierto
y entero
-y no partido-.


Taquicardias de quererme,
más y mejor
contigo.

lunes, 14 de marzo de 2016

La cornisa del piso 23

Te has estrellado contra mi pecho
justo cuando me sangraban todas las costillas,
y en vez de irme a pique
el golpe me ha restaurado como si fuera una pieza de arte
a la que nunca han permitido ver la luz.

Tocada y nunca más hundida.

He pasado de los sótanos a las alturas,
a los saltos sin paracaídas,
al cielo
aun cunado sabemos que yo voy de cabeza al infierno
por haber sido estúpida tantas veces.

Y cierras los ojos,
y no importa que no haya parado de tropezarme con la misma piedra
una
y otra
y otra vez.
Pero ninguna más.

Voy a llevarte a la cornisa del piso veintitrés,
al edificio más en ruinas de esta ciudad
que tantas veces ha intentado que me marchara
pero que nunca lo ha conseguido.

Voy a llevarte al único sitio en el que he podido gritar,
a una Roma del XX,
a mi tesoro mejor escondido.
Mío, solo mío.
Y ya no, 
porque nuestro, solo nuestro.

Porque necesito decirte a gritos
y no con la boca pequeña.
Porque puedo ver el mundo entero desde tus hombros
que soportan tanto sin romperse.
Porque me das miedo,
y lo sabes.
Porque eres una bala ralentizada
caminando por mis venas.

Por todo lo que hay detrás.
Por todo lo que hubo antes.

Y raptarte, sin que lo sepa tu madre,
justo en la cornisa
del piso 23.


jueves, 21 de enero de 2016

Feliz cumpleaños

No vas a leerme, porque me he ido de todas partes, y nadie sabe donde me escondo. Ni tampoco es necesario. 

Pongamos que no es tu cumpleaños, 
o que lo es y no me acuerdo. 
O que lo es, y no me sale del coño felicitarte. 

Pongamos menos tierra de por medio, por favor.

Esto no tiene una puta mierda de poema. Ni quiero que lo sea. 
Ya te he escrito bastantes, ya te los has llevado todos, y era lo mejor que yo tenía (que a ti nunca te tuve, y eso lo saben hasta en Corea del Norte). 

Esto es una carta enviada, pero a un sitio donde nunca vas a poder encontrarla. Esto es un texto de mierda para que te acuerdes de que me acuerdo de que ya se te ha ido hasta la edad en la que te viví.

No sé cómo puede pasar tan deprisa el tiempo,
y yo sangrar tan despacio.
Te juro que hoy, donando sangre, me ha tocado tirarme más rato del normal. Y a ti te la suda, pero no sabes cuánto echo de menos contarte mis movidas.

Y todo esto viene a que haces 19 años, y me siento pequeña, y débil, y nunca se me pasan las ganas de que vuelvas a tus 17, a conocerme. A intentar reconocernos. Y así, las cosas quizá vayan mejor.

Solo tuve tiempo de ser el deseo que soplabas en las velas
una puta vez,
y no me cumplí porque soy subnormal.
Y ahora te echo de menos todos los días, pero he vuelto a ser feliz. No tienes ni idea de cómo de fuerte espero que lo seas tú también, que no me odies, que guardes más esperanza de que algún día podamos mirarnos a la cara que rencor por todo el daño que nos hemos hecho.

Quiero dejar aquí escrito esto, con su fecha y su hora. Con ese "me acuerdo de ti siempre". 
Quiero dejar aquí que nunca he querido a nadie como a ti. Y que lo sepan todos, aunque no tengan ni puta idea de quién cojones somos. Lo siento, cielo. Lo siento.

Te dije que me había tatuado tu forma de quererme dentro, y te reías. Pero no. Hay una parte de mí que siempre va a llevar tu nombre, y por eso nunca voy a dejar de quererte, aunque al fin me permita querer a alguien más.

Felices 19. Por favor, amor, felices.

martes, 8 de diciembre de 2015

De H muda tengo poco

He vuelto.
Parece que han pasado siglos desde la última vez que me vi por aquí.
De la última vez que me vi,
que casualmente le llevaba de la mano,
y trágicamente se me escurrió.

Me he pasado meses preguntando
si acaso era de cristal para que se partiera en mil pedazos,
y aunque nadie ha sabido responder
acabé intuyendo que era un poco como el zapato de la Cenicienta.
Una vez que dieron las doce
las risas se apagaron
y nos tocó dejar de bailar a todos.

Menos a mí.

Andersen hubiera estado orgulloso,
danzando con unas zapatillas rojas que no eran mías
a su ritmo
y nunca al que me marcaban las pulsaciones.

Me resultaba tan sencillo dejar una grieta abierta
por la que al final nadie entraba nunca
que el gato siempre se escapaba.
Y lo que había conseguido, detrás.
Todo por si volvía.
Y ya me avisaron de que no lo iba a hacer.

Me he llamado gilipollas tantas veces
que creo que tengo la laringe ardiendo
y las anginas inflamadas.
Pero oye,
al menos no es una angina de pecho,
y ya es mucho más de lo que esperaba conseguir.

El que os haya dicho que el tiempo lo cura todo
puede irse a tomar por culo por mi parte,
No es el tiempo, es la gente.
Es magia.
Es ganas de seguir.
Y que esa gente te obligue a comerte la depresión
y a buscar las ganas entre los bártulos desordenados de tu cuarto.

He estado muchos meses guardando luto
sin saber que la que se había muerto era yo.
Pero el día me sabe a domingo y estoy viva,
y estoy aquí,
y me quiero.

Estoy guapísima sin las ojeras del cansancio
de tirar de una persona que solamente pesa.
Estoy guapa porque me abrazo,
porque me han desatado la lengua,
porque de H muda tengo poco.

Porque soy feliz, coño.
Y cuánto tiempo sin decirme esto

sábado, 14 de noviembre de 2015

Por encima de todas las cosas

Por encima de todas las cosas,
con las ganas de las primeras veces,
con la experiencia del bagaje.


Hoy despierto con una nube de miles de kilómetros
sobrevolándome
y sé que sobre ella no habita ningún Dios.

Necesito creer en algo.

El ser al que me habían enseñado rezar cuando era pequeña
abrazaba por las noches
y guardaba las cuatro esquinitas de tu cama.
Tenía muchas caras y muchos nombres
pero las mismas intenciones de salvarnos
-quizá de nosotros mismos-.

Cuando crecí
deposité mi confianza en las personas,
en el amor,
el respeto,
las diferencias y las similitudes.
Y qué iguales somos todos.

Ahora no sé en qué creer.
En qué creo.
Por qué debería creer en algo.

Hipócrita, dicen.
Lo de Francia nos da igual en el fondo, dicen.

Gilipollas, digo yo.
Seguid aferrándoos a una raza humana que no solo se va a pique
sino que está más plagada de bestias
que de animales inteligentes.

Eurídice no volvió de su viaje al inframundo,
y todas las víctimas tampoco lo harán.
Y dudo que haya cielo,
o paraíso,
porque dudo que haya un dios que permita esto.

Cuánto vale lo que tenemos,
qué frágiles somos.

Os quiero
por encima de todas las cosas,
con la fuerza de las primeras veces,
con la experiencia que da el bagaje.
Sempiternos.
Infinitos.
Y si la próxima vez que salga de casa se me olvida decírselo
a alguna de las personas que necesito
volved aquí a leerme,
que en vosotros creo.